Piedra en el zapato
30 fantasmas y un "Fotoviaje"
Por Diego Vargas Gaete
Pienso en viajes. Pienso en puertas bloqueadas con cadenas y candados. Pienso nuevamente en un viaje como la única vía de escape. Luego pienso en fantasmas (mis fantasmas) y de pronto recuerdo a Arthur C. Clarke que decía que treinta fantasmas caminan tras cada ser humano, porque esa es la proporción numérica que separa a los vivos de los muertos. Después pienso que muchos de esos fantasmas habitualmente toman mis tobillos buscando paralizarme y enseguida me imagino al ya difunto Arthur C. Clarke como otro fantasma a la zaga de un tipo joven y despistado. Pienso, de golpe, en una hilera de espectros peleándose por el honor de manejar los hilos de todos aquellos que aún vivimos sobre esta esfera celeste. Por eso vuelvo y vuelvo a pensar en el viaje y en un acto reflejo tomo mi cámara fotográfica, saco la bicicleta y me escabullo rumbo a la nada.
Es domingo por la mañana y pedaleando avanzo por un puerto que irónicamente parece una ciudad fantasma. Comienzo a subir por esa llaga divisoria de cerros en la cual se convierte la avenida Francia al alejarse del plan de Valparaíso. Avanzo así hasta rendirme frente al empinado pavimento. Pronto intento controlar mi respiración agitada. Y allí, a un costado del camino, sobre una suave colina, me encuentro con esto:

Y de inmediato pienso en dinosaurios y en una película muy antigua en la que rescataban a un tiranosaurio que yacía congelado en el fondo del mar. Luego imagino que quizás es el lugar de juegos de un niño gigante y que el automóvil y los dinosaurios de metal son parte de los elementos de un desordenado mundo infantil. Pienso, enseguida, en qué fantasmas habrán manejado ese Chevrolet oxidado e infructuosamente busco imaginarme bajo qué extraño ritual se habrá abandonado a una pareja de dinosaurios a mitad de cerro. Luego sigo la marcha.
Atrás va quedando el camino y cascadas de basura me avisan que me interno en el verdadero puerto. Mientras avanzo imagino a un montón de espectros lanzando toneladas de desechos a través de las quebradas de Valparaíso como quien arroja agua a las plantas del patio de su casa.

Alcanzo una meseta y el pedaleo se torna liviano y agradable. Mi cuerpo ha entrado en calor y observo todo cuanto me rodea. Busco puertas, pasadizos, el hilo que me acerque a la luz en un oscuro dédalo. Así, quizás por conveniencia o por un acto de optimismo forzado, me detengo frente a estos cuatro felinos:

Y con la yema de mi dedo los congelo como la mejor forma de proyectar hacia el futuro una pequeña parte de este viaje.
Luego acelero la marcha y quiero pensar que el viento es mi mejor aliado y que al aumentar la velocidad los senderos sin sorpresas, las manos alrededor de mi cuello y tobillos, el aire que respiro, se alivianan. Hasta que la ciudad nuevamente me detiene y descubro esta placa:

Al leerla pienso en un montón de ancianos bromistas, en un optimismo a toda prueba; en personas que ahora son espectros y que hace tanto tiempo fraguaron una jugarreta en la cual el nombre de "Invencible" me suena a locura sublime, a ilusión sin límites, a una apuesta desmedida. Y quiero imitarlos.
Sigo la marcha. Avanzo tranquilo y como siempre creo que el camino recién comienza. Otra vez voy junto a mis treinta fantasmas. Hasta el infinito. Hasta que la noche me asfixie. No importa. El asunto es no dejar de pedalear nunca.
Mayo 2008