Una “Excavadora” en mi camino.
Por Diego Vargas Gaete
Ya había escrito acerca de Verónica. Ella es una obrera de la construcción que hace un par de años me obligó a crear un cuento cuya protagonista fue una mujer que luchaba y sobrevivía en el universo masculino de las palas, el cemento, el chuzo y las carretillas. Me explico: caminaba rumbo a casa y de pronto vi a Verónica con su casco amarillo, polera musculosa, la frente en alto y el rostro serio. Su andar atrapaba miradas y de seguro detrás de esa inusual vestimenta se escondía una historia digna de narrarse. Por eso, desde el día siguiente, conversé con varios de sus compañeros de trabajo: tipos duros que al principio se mostraban reservados, pero que luego siempre me entregaban trazos de una mujer absolutamente admirable. Nunca, sin embargo, pude hablar con ella. Algo no deseaba que aún nos reuniéramos, porque o Verónica se había ido de la obra minutos antes de mi llegada o el día en que yo aparecía a ella no le tocaba trabajar.
Avenida Pedro Montt, casi cuatro años después, 6:30 PM, marzo ya casi se extingue. Pronto partiré de Valparaíso y no sé cómo escribir el último texto. He comenzado muchas veces y siempre, al clavar el punto final en la hoja, pienso que he terminado de reunir palabras, pero el alma, eso que da vida a una historia, se ha escapado por alguna grieta u orificio y me veo obligado a volver a escribir. Así, de todos esos días de escritura, sólo rescato este párrafo:
“Cada vez que abandono una ciudad algo de mi se queda en ella. Un trozo de piel. Un puñado de risas. Cosas que siempre me hacen falta en el nuevo lugar al que llego. Por eso cierro los ojos y pienso qué me llevaría en caso de partir desde Valparaíso a otro sitio del mundo.”
Entonces, mientras busco en mi cabeza la manera de cerrar literariamente un ciclo, camino por la avenida Pedro Montt. Y al cruzar de una vereda a otra me encuentro con una estatua humana vestida de obrera. Enseguida saco monedas de uno de mis bolsillos del pantalón y las deposito en un pequeño canasto que descansa en el suelo. Ella, de pie sobre un pedestal, cobra vida y me extiende la mano. Nos estrechamos las palmas y le digo:
-Tú te llamas Verónica Ortiz. Yo escribí un cuento en el que tú eras la protagonista.
La mujer estatua me mira sorprendida y luego su rostro pintado de verde sonríe. Conversamos. Verónica es locuaz y simpática. Ella me cuenta su vida como si me conociera desde hace mucho tiempo. Explica que cuando no puede trabajar en la construcción se transforma en una estatua humana. A su lado, sentada en la vereda y dibujando con lápices de colores en un cuaderno, su hija la acompaña mientras Verónica aguarda a que una moneda le permita hacer la mímica de un obrero y, por cierto, obtener lo justo para el sustento diario. Así, entre otras cosas, descubro que Verónica es porteña de nacimiento y que vive en el cerro Larraín. Charlamos un buen rato hasta que ella me dice que ha compuesto una canción acerca de su vida y me entrega un papel doblado. Aún no sé que ésas serán las palabras finales de este texto, pero presiento que con tal gesto, con esa entrega desprendida, podré finalizar mi última historia. Y una vez en casa, al leer detenidamente la letra de su canción, sé que Verónica me ha regalado aquello que deseo llevar al nuevo sitio del mundo al que apuntan mis pasos. Y ya no necesito, como lo señalaba en el único párrafo que rescaté de los anteriores textos, cerrar los ojos y pensar en los pregones de la calle Uruguay, en las casas a punto de rendirse, en las jaurías de perros que gobiernan durante la noche, en gatos trapecistas e impávidos, en oxidadas techumbres, en la deliciosa lentitud de los troles, en el viento abocado a despeinar atardeceres de color naranja, en las clases que alguna vez tomé en la Sebastiana, en la basura floreciendo en quebradas y veredas, en mis ojos achinados por culpa del sol de verano, en el club de boxeo, en las galletas de la feria, en la perpetua siesta de los borrachos de la calle Eloy Alfaro o en los cachureos de la avenida Argentina, porque Verónica me ha obsequiado algo mucho más práctico: el impulso para seguir escribiendo y escribir, a mi modo de ver, es la mejor forma de conservar los recuerdos. Y aquí estoy, nuevamente a pocos centímetros del punto final. Será Verónica, eso sí, la encargada de entregar las últimas palabras de “Pez con Alas” en Valparaíso y lo hará con la letra de una canción de su autoría que a mí me suena a himno y a ejemplo de fabulosa perseverancia:
La excavadora
De estatura pequeña-pero tengo bastante fuerza.
Soy morena de tez blanca- pero cambié mi “luck” para entrar a la contru.
Mi cabello fue siempre largo- ahora con suerte tengo 10 pelos.
Femenina siempre lo seré- pues nací hembra y lo soy al 100%
Llevo 13 años en este rubro; el chuzo y la pala son mi familia.
Mis primeras “ampoas” fueron de sangre hasta que mis manos obtuvieron unos lindos cayos.
Tengo 3 hijos: 2 hembras y un macho.
Tuve dos matrimonios, o sea dos maridos, los cuales están finados y se murieron solitos.
He tenido compañeros que han sido muy cariñosos, como otros que me han tratado con dureza, discriminándome y tratándome de lesbiana.
Bueno, así es mi vida.
Y seguiré hasta que las velas no ardan.
La excavadora excava-excava
con su celular en el pecho
escuchando “Pachamama”.
Durante muchos años he sido papá y mamá para mis hijos; y lo he hecho con mucho amor, pero hay días en que las fuerzas parecen esconderse debajo de mi cama.
Sigilosas esperan que me quede allí, pero la excavadora, ¡PUM¡, saltó de su cama, tomó su mochila, su ducha, y salió a enfrentar el nuevo día, porque el sol ya salió.
Verónica Ortiz
Marzo 2009.
Entrevista a Juan Larraín Silva: Valparaíso es una tierra para quedarse
Por Diego Vargas Gaete
Justo al medio de la escalera Carmen, en el punto de inflexión de esa empinada multitud de peldaños que une al cerro Placeres con el cerro Barón, se encuentra la morada de Juan Larraín Silva. Una ubicación que no puede haber sido elegida al azar, porque la vida de este artista ha sido eso: una constante búsqueda del equilibrio.
Mueblista, zapatero, artesano, modelo para esculturas en la escuela de bellas artes, minero, pescador o encargado de presupuestos en una empresa son algunos de los oficios que ha desempeñado Juan Larraín; un hombre de 55 años que ha experimentado giros abruptos de timón que lo persiguen desde su infancia. Vida marcada a fuego. Ideas, conceptos, imágenes, libros y vivencias que escapan por sus poros y se apoderan de la madera, el lienzo o el papel. Una labor que nunca se detiene y que se explica de mejor forma al conocer algunos atisbos de alguien que nació con un talento, pero que sólo supo canalizarlo con el paso del tiempo.
- ¿Dónde naciste?
Nací en el cerro Barón, en la calle Valparaíso. Más porteño no puedo ser. Allí viví hasta los 2 años. Después llegué a la muy mentada y nunca bien ponderada población Julio Verne, en el sector de Ercilla, del mismo Barón. ¨Walt Disney¨, le dicen, conocida como la monstruosidad misma. Mi padre fue uno de los colonos de esa quinta. Estuve hasta los 3 años.
- Cuéntame alguno de tus primeros recuerdos
Cuando niño, a los 4 años más o menos, mi madre leía unas novelas de amor, con dibujos, como comics. Y yo me sentaba en su falda y veía esos monos. Y ella como leía en voz alta, repitiendo las letras, porque no leía muy bien, repasaba una y otra vez cada palabra. Entonces a mi se me hizo muy fácil aprender a leer. No sé cuantas novelas escuché y me aprendí de esta manera. Antes de los 5 años yo le leía a ella.
- ¿Cuáles son las primeras imágenes que tienes acerca de un Valparaíso que siempre mira al océano y cómo influye esto en tu formación artística?
Mi padrastro, porque mis padres se separaron cuando yo era muy niño, era pescador y llegó a ser concesionario del casino la Caleta. Entonces allí encuentro mis primeras nociones acerca del mar: los pescadores, los botes. También, de muy niño aprendí a nadar. Antes de aprender a leer yo ya sabía nadar. Ese quehacer, ese mirar la playa, las algas que botaba el océano, me llevaron a pintar. Yo me acuerdo que algo dibujaba, que algo hacía en papeles y servilletas, pero nunca aprendí a dibujar como un niño. Entonces la gente se maravillaba, porque yo hacía un gato con sombras y movimiento, y eso se lo mostraban a los vecinos de mi casa. Entonces el arte para mi se transformó en un medio de subsistencia desde muy niño, porque yo les hacia los dibujos a las hijas de estos vecinos a cambio de frutas, cualquier cosa. Me pasaban láminas y yo hacia mapas en cartulinas, los trasplantaba. Y tenía esa facilidad: la facilidad de dibujar.
- El mar como una primera escuela
Puede ser. Ahora que lo dices puedo ver la playa, los botes, los remos. Los botes eran inmensos y yo me bajaba por los remos. Así aprendí a nadar. Había un viejo que era un todo terreno. Si a los demás botes les faltaba algo cuando ya habían salido de la playa, él remaba y llevaba cosas de un lado a otro. Yo iba con él y cuando ya nos habíamos alejado de la orilla me afirmaba de los remos, que estaban suavecitos, resbalosos, y luego me soltaba al agua. El viejo me dejaba patalear un poco. Así aprendí a nadar.
- Háblame de tus primeros estudios y si tenías o no conciencia de tus aptitudes artísticas.
Cuando me tocó entrar a estudiar fui a la escuela a pata pelada, pero no era extraño porque la cuarta parte estaba en la misma. La escuela pública quedaba a unas 3 cuadras subiendo desde el ascensor las Cañas, al frente de una comisaría. En la escuela las profesoras vieron la habilidad que tenía. Y como me aburría en clases, porque yo ya sabía leer y escribir, me tenían de dibujante de las pizarras; con una banca yo hacía todas las tareas y dibujos que ellas tenían que copiar, desde primero a séptimo recorría las salas. Y en todas las salas me daban cosas para comer: un sándwich, una fruta...yo salía guatón de la escuela, por eso no faltaba nunca. Como a la semana ya tenía mi primer par de zapatos, pero no me los ponía, sólo los usaba cuando estaba en la sala. En los recreos me los sacaba y me volvía a casa sin zapatos para que no se estropearan. Esa fue mi entrada al mundo del arte, pero no lo percibí, tuve que darme una vuelta completa en la vida…
¨Judas Superstar¨ oleo de 155 x 110cm
-¿Cómo parte esa vuelta de la que hablas?
A los 5 años mi padrastro, que igual era un buen hombre, ya había caído en el alcoholismo y perdió todo. Llegamos a una pieza de madera, piso de tierra, en el cerro Las Cañas. Recuerdo un brasero, una parilla para tomar mate. Yo tomaba mate con leche. Allí un día mi madre me dijo: Ándate con la familia de tu papá, porque vas a tener una mejor vida.
-¿Y te fuiste?
Sí. Llegué a estudiar a Santiago, con unos tios pudientes. Allí conocí los pisos de parqué. Imagínate, me regalaron un tren de colección cuando tenía 8 años. Un tren hermoso, alemán, puro metal, funcionaba solo, era una máquina a vapor con carros de la época.
-¿Dónde vivías?
Vivía alrededor de la plaza de Renca, y mi tío, un militar jubilado, se entretenía haciendo cinturones. Él era tío de Mario Toral, el pintor. A la casa fue varias veces, pero yo era muy chico. No lo conocí de grande. A él lo recuerdo como un artista, porque todos decían que él pintaba.
-¿Qué impresión te causaba el que fuera un artista?
La verdad, no mucha. Otras personas influyeron mucho más en mi formación.
- ¿Quién?
Mi tío Julian Muñoz Astaburugua, que era periodista. Él cuando llegaba de visita a la casa de Renca me llamaba y me hacía preguntas. ¨Te apuesto que te pillo¨, me decía y luego me preguntaba cosas generales, como el nombre del autor de la ¨Iliada¨, y yo le contestaba. Me estimulaba a leer.
-¿Eras buen lector?
Fíjate que allí adquirí una visión grandota del mundo, porque pasaba horas y horas en la biblioteca. Era un ratón de biblioteca. Mi tío tenía una gran biblioteca. Ni los leía, pero le gustaban los volúmenes de cuero. Cuando llegaba de visita, mi tío Julian siempre le decía: Esto se parece a la Biblioteca Nacional, y mi tío, el militar, se sentía orgulloso.
-¿Qué más aprendiste en esa casa?
A mi tío le recomendaron que instalara una zapatería, porque en ese tiempo la gente compraba zapatos y los mandaba a arreglar una y otra vez, así funcionaba la economía de ese entonces. Y ese fue mi primer oficio. Aprendí el oficio de zapatero. Aprendí a manejar las máquinas, las pulidoras, las fresadoras…me subía a un cajón y los maestros me enseñaban. Me tenían buena, porque sabían que yo era un Larraín pobre, que mi padrastro era un pescador. Se enteraban de todo, porque el taller funcionaba allí mismo, en la casa. Yo era uno de ellos; entonces me pulieron, me enseñaron a golpear el cuero… me pegaban en las rodillas y yo llegaba a ver burros verdes, para que así tuviera rodillas de zapatero.
-¿Y el arte cómo se manifestaba en esa época?
El arte, en distintos momentos de mi vida, siempre fue como una panacea. Yo no me di cuenta, porque pensaba que todos podían hacer lo que yo hacía: pintar, dibujar. Por eso no me percaté de la real valía de todos mis trabajos, pero siempre me tiró el arte. Siempre anduve detrás de él. De hecho, en la biblioteca leía biografías de pintores, libros de técnica, de todas las ramas. Desde arquitectura hasta cerámica.
Estatua en madera de alerce 170 cm
- ¿Cuándo tomas una mayor conciencia de tus habilidades?
Todo decantó cuando conocí a una niña que estudiaba arte. Yo tenía 23 años y ella me habló de mis condiciones. Juan, me dijo, tú tienes más condiciones que yo. En ese momento, eso sí, me costó tomarla en serio. Pensé que sólo era un cumplido. No conocía aquello que muchos artistas saben por formación, porque yo a los 14 años me fui a vivir solo y aprendí de los maestros que tenía en la calle. Otro mundo. Recorrí otros caminos que no recorren los artistas. La mayoría de los artistas de mi época vivían la bohemia. A mi me tocó subsistir en la calle. Conoces personas, pero no corazones. Lo peligroso, cuando eres joven, es que siempre hay algo que los demás quieren y eso te abre los ojos, te impacta, te forma y a la larga se refleja en mi visión de artista.
- ¿Cómo se traduce esa visión?
El arte siempre ha sido para mí un camino para encontrar los defectos no de las personas, Dios me libre, todos tenemos defectos, sino de las cosas que sustentan la sociedad: la ciencia, la religión, la política. Siempre sentí eso, un constante preguntarse por qué las cosas son como son y encontrarle la quinta pata al gato. El arte, así, debe ser denuncia siempre. El arte denuncia cuando la política, la religión o la ciencia equivocan el camino. Ese es el papel del arte. Los que cuentan la historia no son los periodistas ni los historiadores son los artistas. Tú podrías leer y releer sobre el carácter del español en el siglo XVI, pero basta una imagen, un cuadro del Greco para que te des cuenta de cómo eran los españoles de ese tiempo. Su visión mística medrosa o melindrosa de la vida, ese pegarse en el pecho con tanta fuerza como cuando empuñaron la espada para cortarle la cabeza a alguien… y eso lo retrata el Greco en sus cuadros. Tienes que ver el ¨Entierro del Conde de Orgaz¨, se nota la culpa en esos rostros.
¿Y tu mirada con respecto al ser humano?
Yo creo mucho en el hombre común, en el hombre de trabajo. El hombre que se levanta en la mañana y sale a luchar. En esa mujer que mira el nuevo día y dice hay que vivir otro día más. En ellos creo. Pero la sociedad, como conjunto, va hacia un hoyo. No creo en quienes ostentan el poder. No creo en el gobierno del dinero. Esto es una satrapía, ahora todo el mundo se ha convertido en una satrapía. Los Sátrapas se hacían atender por cortesanos, que podríamos llamar hoy en día ministerios; entre ellos se hacen obsequios, entre los poderosos se soban el lomo. Los desvalidos no cuentan.
-¿Y la proyección de esta mirada cómo se canaliza en tu trabajo?
El arte mío es universal. Todo lo que he visto y he aprendido lo sumo en un arte único, que se alimenta de mis experiencias, de mi visión de mundo. Esa niña, (apunta su mano hacia un mascarón de proa) la cabeza perfectamente podría ser maya o birmana. Hacia abajo hay influencias del rococó francés y la imaginería… el mascarón de proa, es una imaginería popular, hecha por el hombre común y corriente, por los pescadores, por los marinos.
-¿Qué materiales te permiten expresar tus ideas?
Al comienzo, cuando niño, ocupé mucho papel que coloreaba con lápiz molido, con grafito. Aprendí, también, a usar la tiza en la escuela. Recuerdo mis primeros trabajos con greda, porque Valparaíso es una ciudad de greda.
- ¿Por qué?
Por su conformación geológica. Valparaíso es una ciudad de cerros y quebradas. En las quebradas hay mucha greda que está íntimamente asociada a las vertientes, a las napas subterráneas. Yo ocupé de todo tipo de gredas: negras, amarillas, pasando por unas de color verde parecido al mármol; gredas tachonadas de colores. Greda que sacaba de las quebradas. A veces había que colarla, porque estaba con maicillo.
-¿Qué hacías con la greda?
Esculturas, animales, imitaba vasijas, pero nunca tuve donde cocerlas. Cuando andaba en ésa, durante un rato me seguían mis vecinos, mis hermanos…a mi era el que me gustaba esa volada.
-¿Qué otros materiales has trabajado?
A la pintura llegué como metiendo la cuchara, de intruso. Quería hacer algo, pero no sabía que iba a salir de mis primeras experiencias. He trabajado con esmaltes, sus brillos me gustan mucho, y también los oleos. Yo siempre que pinto a Valparaíso, en mis cuadros, trato de darles el cariz de mi alegría y tristeza. Me gusta a su vez esa simbiosis que se da entre pintura y escultura; simbiosis que realizaba Gaudí con la madera y el mosaico.
-¿Te gusta trabajar con la madera?
De la madera me gusta el corazón, la vida. Es cálida la madera. Te comunica su calor. En la escultura con madera he trabajado la forma femenina, estatuas y mascarones de proa. Debe ser porque nací de una mujer, primeramente. Porque me gustan mucho sus formas. Porque en la mujer siempre encuentro la máxima inspiración para mi obra y la mujer de alguna manera, la que no es artista, tiene más sensibilidad para el arte. En los talleres que he hecho de mosaico siempre hay mujeres. He realizado talleres de dibujo y siempre hay mujeres y niños. Su figura permite una creación en la cual no cabe la crítica de la que te hablaba. La escultura me sirve a mí y a las personas que admiran la figura femenina, que debe ser al menos la mitad de este planeta.
-¿Y el mosaico?
El mosaico tiene la principal cualidad de los materiales: el color. También la forma, pero el color para nosotros, seres mirantes, el color es todo. El color que nos trasmiten las estrellas, la luz. Y eso está en el mosaico y tú solamente lo arreglas. Pones piezas con un pincel mental. Un pincel ordenador, más que nada.
- ¿Qué es Valparaíso para ti y como se refleja el puerto en tu obra?
He tratado de mostrar la belleza de Valparaíso, pero también sus privaciones. Como alguna vez leí en un cuento: Valparaíso es un puerto de joyas nocturnas, cubierto de oxido, azotado y castigado por la lluvia y la intemperie. Así es Valparaíso, pero lleno de vida, lleno de recuerdos para mí. Es una ciudad difícil de describir para un porteño. Es más fácil de describir por un extranjero. Valparaíso es un millón de balcones mirando el mar, mirando la vida. Son escalas adheridas al espacio, suspendidas en el tiempo. Es un caminar interminable. Es una tierra para quedarse. Tú conoces Valparaíso y no quieres partir del puerto, porque es muy cómodo vivir acá. Es cómodo para la salud mental, porque es una ciudad cambiante. Tus ojos, tus sentidos, tu equilibrio va cambiando a cada segundo mientras caminas. Es una ciudad de miles y millones de ángulos. Una ciudad en la que aun cuando andes ensimismado, tus sentidos, tu piloto automático, te mantienen libre, porque va viendo, va percibiendo a cada momento el cambio. Ahora, eso se matiza en el día con niños, con hermosas mujeres, con la sabiduría del viejo de Valparaíso, con los animales, con el campo y la ciudad, porque Valparaíso siempre se ha vestido de metrópolis, pero no quiere serlo. Quiere ser caleta y para cada hombre, para cada porteño, Valparaíso es su caleta. Yo tengo un Valparaíso propio, caleidoscópico. Eso es Valparaíso.
¿Cuáles son tus proyectos a futuro?
Mis sueños traspasan esta vida. Esta vida es hermosa, la amo, pero en mi fuero interno estoy conciente de que hay algo más allá. Mi misticismo sobrepasa mi materialismo. De hecho, lo que más me mueve en este momento es la sed de justicia. Quiero decir lo que nadie ha dicho.
- Cómo describirías tu estado actual, en una frase, muy brevemente.
Me gusta lo que dijo Sigmund Freud, en su libro Tótem y Tabú: ¨Adorado hoy como un dios, puedes serlo mañana como un criminal. O en palabras más simples: Lo conocí todo, fui y miré. Ahora estoy de vuelta.
Juan Larraín Silva