Piedra en el zapato

Tres historias que casi no lo fueron.

                                      

                                                                                Por Diego Vargas Gaete

 

     Este texto estuvo a punto de comenzar así:

 

    "El año nuevo tenía que partir en la calle. Como los perros. Como los gatos. Como los vagabundos que sólo buscan el calor nocturno en las estrellas."

 

    Pero después de varios días con ese párrafo titilando indefinidamente al comienzo de la hoja en blanco, decidí empezar el 2009 haciendo un modesto homenaje a algunas de  las crónicas, entrevistas o historias que se quedaron sólo en el mundo de las ideas durante el 2008 por culpa de mi desidia o del caprichoso destino.

 

    La Señora Callejas. Mide poco más de un metro y medio y debe tener unos setenta años. A veces la acompaña un perro pequeño y peludo; en otras ocasiones una jovencita robusta con la que comparte un lejano parecido. La mayoría de las veces, eso sí, la mujer anda sola. Vive (y este dato es rotundamente exacto) en alguna casa o departamento de Barón, pero siempre está en la calle. Stop. No es una indigente. Stop. No es que a mi me importe lo que hagan mis vecinos. Stop. Todos los días me cruzo en la calle con ella. Stop. Eso, para muchos, quizás no tenga nada de extraño. Stop. El asunto es que da lo mismo la hora que sea, porque ella siempre caminará por González, Tocornal o Portales; a las siete de la mañana, a las cinco de la tarde o pasada la media noche. Stop. La señora Callejas, que ya forma parte de mi rutina cotidiana, un día entró a la panadería en la que yo estaba. Apurada, me saltó olímpicamente en la fila de espera y pidió un kilo y medio de pan batido, un cuarto de queso, otro tanto de fiambre y luego se marchó veloz como siempre. La vendedora se despidió de ella diciéndole un nombre que ya olvidé y que no pienso hacer gran esfuerzo para recordar. Esto porque para mí nunca dejará de ser la señora Callejas. Una trota calles. Una vecina omnipresente en Barón. Una mujer que siempre escoge las mismas rutas que yo tomo para salir o regresar a casa y que cuando me ve tal vez piensa en las incontables ocasiones en las cuales se ha cruzado conmigo y en que quizás yo también soy un tipo que no soporta estar más que un rato adentro de su casa. Stop. Fin.

 

   Verónica O. Hace algunos años escribí un cuento acerca de ella. Para esto conversé con distintos obreros de la construcción y a partir de sus relatos fui elaborando un boceto acerca de Verónica. Ella trabajaba de jornal en la construcción de una mole de cemento que al cabo de un tiempo se convirtió en un supermercado en el que todo cuesta más caro que en ninguna otra parte. Verónica vivía en un mundo masculino. Verónica tenía agallas. Verónica, a pesar de su pelo casi al cero, de sus bíceps tatuados y fibrosos y de su mirada dura, era una mujer atractiva. Verónica tenía pantalones (aunque en casa usara faldas). Verónica irradiaba tal energía que, al caminar por la calle vestida de obrera, podía capturar la atención de un curioso de campeonato obligándolo a investigar y a escribir un cuento. Pero no todo es asombro y rosas, porque jamás pude hablar con ella. O su turno era muy temprano. O justo yo llegaba cuando ella había recién partido rumbo a casa. O ella no había sido citada para trabajar. Así hasta que un día supe que la despidieron.

   Tres años después volví a verla. Fue a comienzos de diciembre del 2008. Iba muy apurado (como la señora Callejas) y el tiempo era lo que menos sobraba en mis bolsillos. Luz roja. Plaza de la Victoria. De reojo observo una estatua humana. Giro mi cuello por completo y, vestida con su ropa de obrera y pintada con un spray de color cobrizo, sobre un pequeño pedestal, Verónica espera a que alguien arroje una moneda a la caja de zapatos que reposa en el suelo. Me quedo mirándola. La observo, como se hace ante un héroe, con devoción y respeto. Quiero hablarle, preguntarle de su vida, pero el maldito reloj me dice que voy atrasadísimo. Por supuesto corro a cumplir el trámite que me separa de ella. Al volver a la plaza, sin embargo, Verónica otra vez se ha esfumado.

 

  Un cuadro en una insólita galería de arte. La calle. Otra vez la calle. Noviembre 2008. Avenida Pedro Montt, a metros de la escuela Grecia. De pronto, en el suelo, apoyado en la pared de un negocio, un cuadro. Sus trazos dan cuenta de que su autor es un niño. Lo busco con la mirada, pero nadie da señales de ser el dueño de la obra. Sigo caminando. Pienso en el cuadro. Pienso en una pareja de padres abandonando a una criatura deforme en un acantilado. Pienso, de golpe, que ese cuadro es mío. Que debe ser mi cuadro. Precioso, mi precioso, suena una voz en mi cabeza que me recuerda al viejo Gollum. Deshago el camino. El cuadro sigue allí. Miro a cada lado. Lo rescato del suelo. Son árboles. Una vegetación extraña en un mundo de tempera. En el borde inferior derecho distingo una calificación en color rojo: 4,5. Doy vuelta la cartulina y me encuentro con el nombre del autor: Matías González.  Luego leo el título de su obra: "Era Paleozoica". El cuadro se va bajo mi brazo.

    Camino tranquilo mientras voy pensando en la mejor manera de agradecer este fabuloso acto poético de un artista precoz.

 

   Stop. Aquí termina el 2008 y comienza el 2009. Al comienzo de este texto había pensado incluir una fotografía típica de la celebración del nuevo año al estilo de ésta:

 

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Sin embargo preferí homenajear al artista porteño Matías González, como la mejor manera de cerrar un ciclo y así proyectar mi red atrapa historias hacia lugares impensados.

 

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Enero 2009

Piedra en el zapato

  Un espigador que cae desde las alturas

 

                                 Por Diego Vargas Gaete

 

   

    Alejandro Rodríguez Vergara se cayó desde una altura considerable. Diez metros según el ¨Mercurio de Valparaíso¨ o  veinte (según la versión del diario ¨La Estrella¨). Metros más o metros menos, su cuerpo fue a dar a suelo y se fracturó en al menos cinco partes. Tumbado entre palos, tierra y desechos, sus quejidos alertaron a uno de los cuidadores de autos que trabajan en la calle colindante y de pronto este hombre de 36 años, indigente, abandonó el anonimato y pasó a ser conocido y mencionado por los medios de comunicación locales. En un canal de televisión se señaló que Alejandro era un ladrón de cañerías de cobre y que por eso estaba encaramado en lo que otrora había sido el tercer piso de un inmueble  ubicado en la calle Blanco, el que hace casi un año yace abandonado a consecuencia de un implacable incendio. El responsable de tan colosal porrazo sería la llovizna que como una alfombra macabra tornó jabonosa la superficie en la que precariamente se afirmaba Alejandro. Ahora, a 3 días de tal suceso, postrado en una cama del hospital Van Vuren, el señor Rodríguez espera sanar sus graves heridas y seguramente no sabe que su resbalón a dado pie para que la prensa nos alerte del aumento en los robos de cañerías de cobre y de los cables del mismo metal rojizo que son utilizados en las redes telefónicas. Así, eventuales explosiones de gas e incomunicación de amplios sectores habitacionales son parte de la caja de Pandora que abrió el maltratado Alejandro. Y para aumentar su mala fortuna prontamente quizás será formalizado por un acto que le costó muchísimo más caro que, por cierto, todo el dinero que él imaginaba recibir  por cada kilo de metal vendido

 

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                     El inmueble de calle Blanco

 

    Alejandro, sin embargo, quizás no sabe que él no puede ser clasificado como un vil ladrón de cobre o como un tipo que aprovechándose de la oscuridad o del repentino descuido extrae cañerías de un edificio habitado o corta cables telefónicos a diestra y siniestra como quien poda un árbol. Es más, Alejandro tal vez no sabe que la actividad que él realizaba (recoger desechos en la cáscara de un edificio calcinado, abandonado hace mucho tiempo y a mal traer) podría ser vista como la faena de un espigador en países como Francia. Esto porque Alejandro, seguramente, no ha tenido la oportunidad de ver el documental ¨Los espigadores y la espigadora¨  de Agnes Varda. Un trabajo excelente que nos habla acerca de las personas que recogen todo lo que para otros es un desecho (cartones, comida, metales, vidrio, ropa, juguetes, televisores, zapatos, madera, revistas, etcétera) y de cómo la legislación francesa, desde hace muchos siglos, contempla la posibilidad de espigar; es decir, coger las espigas que han quedado en el rastrojo, reutilizar lo abandonado o aquello que para otros carece de valor. Porque eso es lo que realizaba Alejandro antes de su caída. Porque él sacaba lo que para otros era un desperdicio. Porque si esas cañerías transportaban gas y romperlas era sumamente peligroso, la mayor parte de la responsabilidad  no es de Alejandro ya que, bajo las deplorables condiciones en las que se encuentra el inmueble de calle Blanco, un pequeño temblor, un nido de palomas o una tabla precipitándose a tierra podrían haber causado tanto o más daño en una construcción que fácilmente podría catalogarse de obra ruinosa. Porque Alejandro sólo es otro más de los muchos porteños que a diario revisan basureros y sitios abandonados en busca de algo de valor para sortear el día a día; y dicha labor no constituye delito.

    Al señor Rodríguez, sin duda, le restan muchas semanas para volver a salir a la calle y respirar el aire marino que inunda Valparaíso mientras se camina en pos del sustento. No obstante, cuando ello sea posible, Alejandro deberá caminar con la frente en alto, como lo hacen las personas honradas y orgullosas de su oficio, como lo haría un espigador del otro lado de este planeta. 

 

Julio 2008

 

 

 

Piedra en el zapato

Nuestra débil realidad                                     

 

por Diego Vargas Gaete

 

 Alguien me dijo que sólo bastaba quedarse inmóvil para que la realidad mostrara sus múltiples disfraces. Por ello, mirando las horas y los días que pasan a mi lado como trenes en una estación sin pasajeros, he decido permanecer en el mismo sitio.

    De todo este proceso lo único claro hasta el momento es la fragilidad de los sentidos y cómo aquello que llamamos convicción, al desfilar el tiempo frente a mi rostro, pronto puede ser tan débil como la escarcha.

  Así, ese anciano de sombrero puede estar abriendo una puerta o quizás evacua su vejiga creando un río que en el puerto tarde o temprano desembocará en el mar.

 

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    Más tarde, tres hombres observan el paso de un helicóptero o quizás sólo matan el tiempo afuera de un olvidado edificio.

 

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    Otro día, a años luz de todo lo sucedido, un muchacho manifiesta sus ideas o acaso sólo cumple un fastidioso e infinito trabajo publicitario.

 

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   Desde mi punto fijo, sin lugar a dudas, todo puede ser posible. Esto porque la realidad al menor pestañeo olvida la supuesta solidez de los consensos. Tal vez mejor sería cerrar los ojos. Tal vez mejor sería dejarse llevar por la marea. Mientras tanto, nunca más estaré tan seguro de todo lo que me han enseñado.

 

Mayo 2008

Piedra en el zapato

30 fantasmas y un "Fotoviaje"                                                                  

 

Por Diego Vargas Gaete

 

   Pienso en viajes. Pienso en puertas bloqueadas con cadenas y candados. Pienso nuevamente en un viaje como la única vía de escape. Luego pienso en fantasmas (mis fantasmas) y de pronto recuerdo a Arthur C. Clarke que decía que treinta fantasmas caminan tras cada ser humano, porque esa es la proporción numérica que separa a los vivos de los muertos. Después pienso que muchos de esos fantasmas habitualmente toman mis tobillos buscando paralizarme y enseguida me imagino al ya difunto Arthur C. Clarke como otro fantasma a la zaga de un tipo joven y despistado. Pienso, de golpe, en una hilera de espectros peleándose por el honor de manejar los hilos de todos aquellos que aún vivimos sobre esta esfera celeste.  Por eso vuelvo y vuelvo a pensar en el viaje y en un acto reflejo tomo mi cámara fotográfica, saco la bicicleta y me escabullo rumbo a la nada.

    Es domingo por la mañana y pedaleando avanzo por un puerto que irónicamente  parece una ciudad fantasma. Comienzo a subir por esa llaga divisoria de cerros en la cual se convierte la avenida Francia al alejarse del plan de Valparaíso. Avanzo así hasta rendirme frente al empinado pavimento. Pronto intento controlar mi respiración agitada. Y allí, a un costado del camino, sobre una suave colina, me encuentro con esto:

 

 

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Y de inmediato pienso en dinosaurios y en una película muy antigua en la que rescataban a un tiranosaurio que yacía congelado en el fondo del mar. Luego imagino que quizás es el lugar de juegos de un niño gigante y que el automóvil y los dinosaurios de metal son parte de los elementos de un desordenado mundo infantil.  Pienso, enseguida, en qué fantasmas habrán manejado ese Chevrolet oxidado e infructuosamente busco imaginarme bajo qué extraño ritual se habrá abandonado a una pareja de dinosaurios a mitad de cerro. Luego sigo la marcha.

   Atrás va quedando el camino y cascadas de basura me avisan que me interno en el verdadero puerto. Mientras avanzo imagino a un montón de espectros lanzando toneladas de desechos a través de las quebradas de Valparaíso como quien arroja agua a las plantas del patio de su casa.

 

 

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Alcanzo una meseta y el pedaleo se torna liviano y agradable. Mi cuerpo ha entrado en calor y observo todo cuanto me rodea. Busco puertas, pasadizos, el hilo que me acerque a la luz en un oscuro dédalo. Así, quizás por conveniencia o por un acto de optimismo forzado, me detengo frente a estos cuatro felinos:

 

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Y con la yema de mi dedo los congelo como la mejor forma de proyectar hacia el futuro una pequeña parte de este viaje.

    Luego acelero la marcha y quiero pensar que el viento es mi mejor aliado y que al aumentar la velocidad los senderos sin sorpresas, las manos alrededor de mi cuello y tobillos, el aire que respiro, se alivianan. Hasta que la ciudad nuevamente me detiene y descubro esta placa:

 

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    Al leerla pienso en un montón de ancianos bromistas, en un optimismo a toda prueba; en personas que ahora son espectros y que hace tanto tiempo fraguaron una jugarreta en la cual el nombre de "Invencible" me suena a locura sublime, a ilusión sin límites, a una apuesta desmedida. Y quiero imitarlos.

  Sigo la marcha. Avanzo tranquilo y como siempre creo que el camino recién comienza. Otra vez voy junto a mis treinta fantasmas. Hasta el infinito. Hasta que la noche me asfixie. No importa. El asunto es no dejar de pedalear nunca.  

 

Mayo 2008

 

Piedra en el zapato

! Aplausos ¡                                                            

 

Por Diego Vargas Gaete

 

   Una gran amiga vivió hasta los cinco años en una lejana y solitaria isla del sur de Chile. Al llegar a Valparaíso, en su primer día de clases en Kinder, la profesora les pidió a los niños dibujar un gato. Mi pequeña futura amiga hizo esto:

 

 

 

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Y hasta el día de hoy recuerda el enojo y la cara de espanto que puso la profesora.

…aplausos para la maestra, por favor.

 

Mayo 2008

 

 

Piedra en el zapato

Valparaíso: ciudad de los gatos                                                                

 

Por Diego Vargas Gaete

 

    Valparaíso es la ciudad de los gatos. Al decir gato lo hago en términos globales y no discriminatorios, porque no es cosa de mirarlos desde lejos y establecer a ciencia cierta cuál es su sexo.

   El asunto es que los gatos, como nuevos referentes porteños, han sabido desplazar al viento y a las cúpulas de acero a fuerza de maullidos y arañazos. Y no será fácil destronarlos ya que no existe un organismo que a la manera de la perrera busque darles muerte y porque no me imagino a un veterinario saltando sobre las techumbres o arriesgando el pellejo en quebradas por el cuestionable propósito de castrar o esterilizar a cada felino que caiga en sus manos.

 

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   Los gatos, por ello, cada día crecen en número y su misión es  observarnos desde las alturas, ocultarse tras portones oxidados, estirar la espalda y las patas contemplando el mar como que no quiere la cosa, todo con el objetivo de domesticarnos para así hacernos creer que sólo están allí y que las cosas siguen tal como antes.

 

 Abril 2008

Piedra en el zapato

Ese mundo paralelo llamado verano                    

 

 por Diego Vargas Gaete

 

 El verano, en nuestro apreciado Chile, nos interna en un mundo paralelo. Así, de golpe y porrazo, ser moreno se torna imperativo; las distancias entre las ciudades se alargan asombrosamente (por eso los pasajes de bus se encarecen al doble); los barquillos, palmeras, cuchuflís y asados pasan a ser nuestro pan de cada día; los perros y gatos van a hoteles y los juanetes asomándose a través de las sandalias se convierten en el uniforme a la moda.

 

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       En el verano el sol es nuestro caprichoso dios y presidente. Lo adoramos en las playas, nos castiga con sus rayos ultra violeta, determina nuestros destinos y la gran mayoría que no puede escapar del cemento siempre lo maldice por lo bajo. Los diarios, por cierto, informan de las problemáticas atingentes a este extraño mundo. Así, a modo de ejemplo, el 20 de febrero del 2008, en la sección de cartas al director del diario "El Mercurio", la señora Pilar Mújica nos cuenta acerca de un "Perricidio" o del triste final que sufrió su querido perro "Power" en un hotel para perros de la comuna de Las Condes.

    Aquí va un extracto textual de la misiva:

  "…Todavía no lo podemos creer. Lo dejamos bueno y sano el pasado miércoles y, ahora, nos ofrecen sus cenizas en una ánfora…o un cachorrito de la misma raza…

Sentimos mucha pena y frustración al saber por la muerte de Power. Sólo nos queda pensar en lo feliz que fue este verano con el SPA que le construimos con piscina y quitasol para pasar el calor y lo feliz que nos hacia al asomar su carita por la ducha, hazaña que realizaba todas las mañanas parándose en el techo de su casa para saludarnos. Nunca olvidaremos los paseos a la plaza que hacíamos, cuando podíamos, junto a su inseparable amigo Patch, que gracias a Dios sobrevivió al encierro"

 

   En fin, caminando en un bosque, tendido sobre la arena de la playa Portales, atrapado entre edificios o (si somos los herederos del difunto "Power")  en nuestro propio SPA con quitasol incluido, pasarán los días en este mundo paralelo. Eso hasta que el calor del sol nos abandone y todo regrese a la monótona realidad.

 

Febrero 2008.

 

 

 

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