Homenaje a un hombre pájaro.
Por Diego Vargas Gaete
Se llamaba M. Laiscelle y quería volar como un pájaro. Para ello, un 13 de agosto de 1878, subió a su globo y con celeridad alcanzó las alturas. Desde el suelo, como siempre, por un asunto de ilusoria perspectiva, las acciones se miden en derrotas o fracasos. Así, cuando el aventurero se extravió entre las nubes, buena parte de los curiosos pensó que ese era el fin de otro loco suicida. No obstante, para sorpresa de la muchedumbre, M. Laiscelle apareció después de un par de horas con las manos magulladas y una pierna coja, pero disfrutando la exquisita sensación de haber alcanzado ese colchón blanco que a veces sobrevuela la multitud de cerros, quebradas y casas que dan vida a Valparaíso.
Diciembre 2008
Su tío es un gato
por Diego Vargas Gaete
Quiere dedicarse a la literatura y por eso sueña con obtener un consulado en un país exótico. Sin embargo sólo emprende proyectos inútiles o de antemano destinados al fracaso. Y, para colmo, carece de contactos. Le hemos dicho en reiteradas ocasiones que debe crear redes y ser más sociable; que esa es la mejor forma para conseguir fondos o cargos; que piense en el caso de Neruda o en Carlos León y Manuel Rojas caminando desde Playa Ancha rumbo al Club Naval mientras las olas reventaban y ellos desenredaban las verdades y mentiras del mundillo de las letras nacionales. Pero él no hace caso. Permanece impávido como si hielo corriera por sus venas y se empeña en realizar actos que llama poéticos, pero que no le reportan provecho de ninguna especie. Y, a pesar que es un buen tipo y que en sus ideas hay atisbos de una poderosa creatividad, su actitud nos irrita en demasía. Al punto que muchas veces hemos querido sacudirlo para que reaccione o incluso golpearlo. Pero sus nudillos de boxeador y su complexión de deportista siempre nos han disuadido a llegar a tal extremo.
Hace poco lo encontré en la subida Ecuador. Comía dos helados de agua. Uno en cada mano. Se refugiaba del sol a la sombra de un árbol. A su lado había un gato de pelaje café claro.
- Me sigue a todas partes.- dijo a modo de saludo.
- ¿El gato?
- Parece un gato, pero es mi tío. Me ha venido a saludar sin que lo llame.
Me quedé mirándolo. Pensé que de seguro había pasado lo que tantas veces predijimos: se le había soltado un tornillo por no tener los pies en la tierra.
Me hice el desentendido y le pregunté por su vida.
-Estoy bien- dijo mirando al gato.
- ¿Algún proyecto?
- En eso ando-señaló en tono misterioso.
- ¿Cuentos?
- Puede ser… en realidad no. Ahora prefiero la literatura práctica.
Lo miré extrañado.
- Es una idea que me ronda desde hace unos días. Nada de libros. O sea, dejar los libros y buscar los lugares donde las cosas sucedieron efectivamente.
- Ya- le dije sin entender.
- Por eso estoy con mi tío.
Instintivamente di un paso hacia atrás.
- ¿El gato?
- No, mi tío. Él llegó a Chile en 1923, en barco. El primer trabajo que tuvo fue en esta calle. Se supone que usaba de cama el mostrador del negocio que cuidaba, pero nunca supe la dirección exacta del local. La he buscando durante un buen rato.
- El pariente escritor- le dije sin recordar el nombre del letrado.
- Sí. Hace poco leí "Regreso de tres mundos" y quise caminar por los mismos lugares que él describió en su libro. En eso estaba cuando mi tío llegó a saludarme. Antes, eso sí, pasé a ver la casa que era de Miguel Serrano…la que está en la Avenida Alemania.
- La de las esvásticas nazis.
- Ya no están, las sacaron. Fíjate que la dirección de la casa de Serrano comienza con tres números cinco. Tal como lo dijo en sus memorias de "El y yo".
El primer helado desapareció de su mano izquierda y esta última acarició el lomo y la cabeza del felino.
- Después voy a la calle Salvador Donoso. Allí vivió Joaquín Edwards Bello. Parece que donde estuvo su casa ahora hay un restorán chino.
Nos quedamos un rato en silencio.
- ¿Andas con cámara de fotos?- me preguntó de improviso.
- Sí.
- Mira.
Entonces avanzó unos diez metros y se sentó en una escalinata. Luego me indicó que lo siguiera. Estábamos en la entrada de una construcción de cemento que debía ser de principios del siglo pasado.
-Aquí quiero una foto. Se ve la curvatura de la subida Ecuador- señaló en tono serio.
Me apresté a sacar la máquina y le dije que al menos sonriera un poquito.
-No. El que debe salir en la foto es mi tío.
Llamó al gato (que no se había movido un ápice de su sitio) y éste obedeció con un ágil desplazamiento de piernas. Pronto llegó a nuestro lado. Él lo acarició y le indicó que subiera a una saliente de cemento que estaba a un metro y medio del suelo. El gato, sin maullar, le hizo caso.
- Ahora mira al pajarito- le indicó en tono amable.
El felino observó la cámara y no cambió de posición hasta que le saqué cuatro fotografías. Era un modelo profesional.
-Después me las mandas.
De pronto se puso de pie y me dio la mano.
-Me voy al restorán chino. Nos vemos.- dijo mientras se alejaba.
Yo me quedé con el felino. Por cierto, el gato no se parecía en nada a su supuesto sobrino. Me alejé pensativo y como siempre no pude dilucidar si me había tomado el pelo, si su idea era una soberana tontera o si acababa de estar frente a un genio incomprendido.

Noviembre 2008
Mi codo, un basurero a mal traer o de cómo encontré la pieza que faltaba.
Por Diego Vargas Gaete
Calle Condell, Valparaíso, 4 de la tarde, un sábado de Noviembre del 2008.
Mi brazo estaba frío e inmóvil. Ya llevaba tres días sin conseguir mover a mi antojo el codo izquierdo y, por ello, la mano más inútil de las que tengo de pronto había dejado de ser apta para tocar el piano, tejer a crochet, detener un autobús, arrojar bolas de nieve, entregar cosquillas, darle vida a un títere, rascarme la espalda, hacer un "gallito" o simplemente permanecer al abrigo de la brisa fría en el bolsillo de mi chaqueta.
Es efectivo eso de que uno valora mayormente las cosas cuando deja de tenerlas. Y también es absolutamente cierto eso de que las cosas que ya no se tienen siempre se encargarán de hacerte saber lo importantes que eran. En mi caso, por ejemplo, sólo bastó un esguince al codo para que de pronto los zapatos se me desabrocharan más de lo habitual y tuviera que pedir ayuda para realizar una tarea que habitualmente llevaba a cabo de manera mecánica.
En eso estaba, pensando en todo lo que me era imposible de hacer con mi accidentado brazo izquierdo, cuando encontré en mi camino los restos de uno de los tantos basureros que la autoridad municipal ha instalado en las calles. De inmediato imaginé a un adolescente pirómano (o quizás friolento) que, de seguro amparado por la oscuridad, decidió que ese enorme envase de plástico se podía transformar en una hoguera. El resultado de tal faena era un amasijo de plástico chamuscado, maloliente, y pegado al cemento como un chicle. Saqué la cámara fotográfica, porque se me ocurrió que esa imagen sería una fotografía interesante; algo así como una bitácora de la insensatez de un vándalo. Pero pronto recordé que en mi época escolar también había experimentado el pueril afán de querer modificar estructuras, muebles y elementos varios con la fuerza de las manos o a través de actos absolutamente cuestionables; y por eso me di cuenta que tomar una fotografía y escribir un texto en tono crítico habría sido un magistral acto de desmemoria o la mejor forma de validar las canas que aún no reinan en mi cabello.
Los despojos de plástico achicharrado, de esta forma, dejaron de ser un objetivo. Sin embargo, antes de alejarme del todo, nuevamente leí las letras impresas en el único costado del basurero que se había salvado del fuego. En letras grandes decían: Cuídame. Y el aviso me pareció una buena broma; un S.O.S que se arroja al aire en una fiesta de sordos; un mensaje incomprendido a pesar de su simpleza. Entonces, como piezas que se ajustan, recordé al muchacho que había observado exactamente hace tres días. Debía tener unos veinte años y se apoyaba en dos muletas. Yo iba abordó de un microbús que estaba detenido y al principio no pude verlo por completo. Sólo observaba su tronco oscilando mientras él avanzaba por la vereda haciendo un gran esfuerzo. Luego el microbús comenzó a moverse y así obtuve su imagen total: le faltaba la pierna izquierda. En Valparaíso no resulta tan extraño ver a personas mutiladas. No es que abunden los veteranos de guerra, pero de hecho he visto a más de un mendigo colocarse sus piernas artificiales y alejarse caminando cuando ya recolectó lo suficiente para salvar el día. No obstante ello, durante casi un minuto, la imagen me hizo pensar en mi cuerpo, en el dolor de una amputación, en esquirlas, fracturas y en diversas lesiones imaginarias que podrían sufrir mis extremidades y sentí miedo. Luego, pues la mente es un procesador caprichoso, me preocupé de otras cosas mucho más amigables. Eso ocurrió durante la mañana. En la tarde de ese mismo día experimenté la última de mis lesiones deportivas; la que se coronó con un sonido como de tela que se rasga y luego vino el adormecimiento de mi codo. La imagen del muchacho, por supuesto, la había olvidado por completo.
Allí cobró sentido la fotografía. Por eso tomé la cámara y haciendo peripecias con mi mano derecha pulsé el botón y congelé la última pieza de una historia de señales que se anticiparon al futuro y que pasaron frente a mis ojos sin que yo fuera capaz de interpretarlas a tiempo.
Noviembre 2008
Teratología porteña
por Diego Vargas Gaete
Salgo del salón principal del Museo de Historia Natural de Valparaíso y pienso en la primera vez que observé a un muerto: su rostro pálido, el pelo corto, la corbata anudada fuertemente al cuello como si estuviera asfixiándolo, y el fieltro acolchado que rodeaba su cabeza. Sólo pude mirarlo durante un momento y enseguida cerré los ojos. Quería archivar esa imagen junto a otras más benévolas, como un pequeño rito en memoria de mi abuelo. Luego pienso en el recién nacido de dos cabezas que acabo de ver en el salón principal. Es una niña y su cuerpo reposa en un rectángulo de vidrio repleto de líquido amarillento, con sus cuatro ojos cerrados, flotando tranquila como si no hubiera salido nunca del claustro materno. La cara superior de ese útero transparente se ve empañada y llena de gotitas lo que entrega la perturbadora sensación de que la criatura respira, aún cuando haya fallecido en el muy lejano 1915. Me imagino la sorpresa de su madre al verla por primera vez. Me imagino la curiosidad y el miedo que debe haber despertado en sus parientes y quiero creer que la criatura no sobrevivió al parto. Después pienso en su madre entregándola a los embalsamadores y en una ceremonia de despedida que tal vez nunca existió. Enseguida recuerdo los frascos que están a un lado de la siamesa. Son de tamaños diversos y en ellos se pueden ver a un perro de ocho patas, a un chancho con cara de cíclope y a un cabrito también de dos cabezas como si su misión hubiera sido la de demostrarle a la pequeña que no estaba sola en este mundo. Parecen sus nuevos compañeros y no me cuesta sospechar que por las noches, cuando la soledad se ampara en el silencio, estiran sus extremidades y salen a dar vueltas por las habitaciones de esta construcción conocida también como el ¨Palacio Lyon¨. En eso estoy cuando el encargado de cobrar las entradas me pregunta si disfruté de la visita. A pesar de mis sensaciones le contesto afirmativamente. Enseguida entablamos conversación. El hombre es locuaz y la charla toma caminos impensados. El encargado se queja del estado actual de nuestra sociedad y no encuentra explicaciones para tanta mano blanda con la delincuencia. Luego me habla de una pareja de recién casados y su luna de miel en una ciudad del norte. Me dice que los novios llegan a un hotel durante la noche. Y al escuchar noche me acuerdo de las mariposas nocturnas que están en una de las vitrinas del salón, con sus alas de tonos cafés desplegadas al máximo, en un vuelo final que siempre las llevará a ninguna parte. A continuación escucho decir al hombre que el novio dejó a su mujer en la pieza y bajó a la recepción. Una cosa de pocos minutos, me señala subrayando las palabras. Y al regresar la mujer estaba muerta. Imagínese, dice él en tono enfático, la sangre corría como un río desde un pequeño orificio en el cráneo. Usted debe conocer esa noticia, salió hace poco en la tele, dice al dar un respiro en la historia. Después me mira desconcertado ante mi ignorancia en el asunto. El principal sospechoso es el novio, continúa entusiasmado. Aunque a esa misma hora, en la calle más cercana hubo una balacera. ¿Qué cree usted que pasó? Pregunta poniéndome a prueba. Le digo, recordando a Philiph Marlowe, que de acuerdo a los antecedentes todo apunta hacia un crimen pasional. Mi intervención no lo deja conforme. Luego culpa a una bala perdida de los pandilleros y aboga por la inocencia del novio con el siguiente argumento:
- La hubiera matado después de consumar la noche de bodas. Nunca antes.
Después se ofrece a darme un tour explicativo y regresamos al salón y al rectángulo de vidrio de la criatura. Me dice que éste es el lugar favorito del público, que la siamesa flotante fue donada por el doctor Benjamín Manterola. Luego dice que el museo antes era la casa de don Santiago Lyon Santamaría, otro hombre respetable de principios del siglo pasado. El encargado señala que me ha visto tomando apuntes. Le apuesto que es para un trabajo, agrega antes de que pueda contestarle. Aprovechando la confianza le pregunto acerca de si alguna vez ha escuchado ruidos extraños, llantos de almas en pena o algo por el estilo. Se sonríe maliciosamente y contesta:
- Nunca. Y si escuché algo sólo fue eso, un ruido.
De pronto el hombre recuerda sus ocupaciones y se despide solemnemente. Yo me quedo mirando el cartel que clasifica a la sección de la siamesa y sus compañeros bajo la palabra de Teratología. Después sabré que ésa es una disciplina científica encargada de estudiar a las creaciones naturales de una especie que no responden al patrón común. En definitiva, seres extraños que no se ciñen a la habitualidad y cuyo objetivo, más allá de sus deformidades, es el de plantearnos que la realidad carece de un matiz absoluto. Antes de salir por segunda vez hojeo mis apuntes al azar y leo lo siguiente: ¨La reducción y conservación de las cabezas de enemigos abatidos en combate se hacia con el supuesto de evitar el retorno de los espíritus vengativos de sus víctimas¨. Texto explicativo que encontré junto a 5 decapitados en miniatura que reposaban sobre una tela verde gracias al trabajo minucioso de los indios jíbaros. Sigo leyendo: ¨Las aves marinas ingieren grandes cantidades de sal al alimentarse. Ésta, al acumularse en su organismo provoca graves alteraciones, incluso la muerte…¨ explicación que hallé en la habitación de las aves disecadas. Entonces, un poco cansado por tanto estímulo, guardo la libreta y decido partir. La calle Condell me recibe con la luz de media tarde. Camino sorteando peatones y me doy cuenta que eso de pensar mucho en la muerte puede ser una distorsión del cerebro, alguna fijación que me obliga a ver, entre jaibas inofensivas (Paco, Mora o Botón) y entre tantas conchitas de nombres ingeniosos (alas de ángel, navaja o navajuela), a un fenómeno natural e inevitable como si fuera algo atrayente. Y poco a poco me siento un bicho raro, un ser con un envoltorio común, pero cuya mente sintoniza en otras dimensiones. Y luego me imagino en cien años más desnudo adentro de un enorme frasco. Los ojos a medio abrir, mis brazos livianos, la espalda adormecida, atento a los ruidos, y a pocos metros un tipo alto toma apuntes en una reducida libreta y a mi me dan ganas de preguntarle como ha cambiado el mundo desde que estoy en este envase de vidrio, pero mi voz no se escucha y debo conformarme con seguir flotando en la solución extraña que me envuelve.
Septiembre 2008
Un esqueleto, la magnífica Amanda o dos intentos en vano.
Por Diego Vargas Gaete
Subo a un trolebús. Es miércoles, el cielo está nublado y por eso las fotografías que recién le saqué a un extraño esqueleto, que bien podrían ser los restos del mismísimo Chupacabras o el cuerpo sin carne de un Alien que falleció en suelo porteño, no han salido del todo claras. El esqueleto lo había descubierto hace días, a unos doce metros al fondo de una inaccesible quebrada, reposando en un pilar de cemento que puede verse desde las alturas desde un conocido mirador de Valparaíso. El asunto es que deseaba escribir un texto acerca de esas osamentas de una bestia a medio camino entre un gato y un bípedo, y que pronto desaparecerá del todo sin dejar más rastros que una fuerte impresión en quien escribe. Sin embargo, la poca luz, el zoom de la cámara que parece una mísera lupa o la inconfesable falta de pericia de un fotógrafo casi amateur, me entregaron imágenes borrosas, de interpretaciones múltiples (un par de huesos de pollo, el cráneo de un felino, el amasijo de algo repugnante) y me obligaron, tras quince intentos fallidos, a dejar de lado lo del Chupacabras porteño y a regresar a mi rutina tomando un trolebús.
Una vez arriba de la máquina busco en mis bolsillos las monedas para pagar el boleto. Sólo allí me percato que al mando del vehículo va una mujer. Debe tener algo más de cuarenta y cuando me da el vuelto, en una planilla que descansa a un costado del volante, leo su nombre: Amanda. Me siento en la primera fila y desde mi puesto observo el tablero del chofer, los indicadores de algo que parece la velocidad o el aceite y un montón de perillas con instrucciones escritas en teutón. Amanda conduce tranquilamente, como si manejar una mole de acero fuera lo más fácil del mundo. El trole avanza por la avenida Argentina y de tanto en tanto ingresan escolares bulliciosos que tras pedir permiso se escabullen hacia el final de la máquina. Sólo al doblar por la avenida Colón me doy cuenta de que mi incursión en busca de algo digno de narrarse no ha sido en vano. Amanda es mi nuevo objetivo. De súbito me imagino su fotografía precedida por un título que juegue con su nombre (Algo así como: Amanda, una conductora a la que nadie manda). Enseguida pienso preguntarle cómo es su trabajo, si le ha costado vencer los habituales prejuicios de un microcosmos predominantemente masculino, si es muy complejo conducir un vehículo enorme y propulsado por electricidad. Luego, al no encontrar la oportunidad precisa para interrogarla, me imagino sus respuestas: Lo más hermoso de manejar los trolebuses son los chispazos que a veces salen de los cables que alimentan de energía a la máquina y que durante el atardecer parecen pequeños fuegos de artificio. O confesiones asombrosas como la que sigue: Aprendí a manejar desde los diez años, cuando casi no alcanzaba los pedales de la camioneta de mi padre. Una camioneta con la que recorríamos todo Chile, porque yo pertenezco a una familia de trapecistas. En fin, mi cerebro va jugando con sus posibles respuestas mientras el trolebús sigue por Colón y Amanda no para de frenar, de cortar boletos y luego acelerar en una ruta que ya debe conocer de memoria. De pronto, en una de las detenciones, se sube una anciana que, más por costumbre que por voluntad sincera, me obliga a cederle el asiento y a caminar hacia el fondo del vehículo. Desde esa distancia y entre tanto sube y baja, la figura de Amanda y su posible entrevista, se alejan como lo semáforos que poco a poco vamos sorteando. Hasta que llego a mi paradero y al pulsar el botón del timbre, por última vez, veo el rostro de Amanda reflejado en un espejo que está ubicado sobre el parabrisas del conductor. Esa es nuestra despedida. Un pasajero que abandona el trole y ella, seria y profesional, prosigue la marcha apenas mis pies han tocado el pavimento. Ya tendré otra oportunidad para entrevistarla, pienso sin mucha convicción. Mientras tanto, en una quebrada del puerto, los huesos de algo que parece un Alien o un Chupacabras poco a poco desaparecen gracias al trabajo de la humedad, el aire salino y el viento.
Agosto 2008
La plaza Simón Bolívar: un paciente suspiro
Por Diego Vargas Gaete
Si la lluvia me sorprende en pleno centro de Valparaíso, si a pesar de la engañosa costumbre mi corazón aún no ha dejado de pulsar fuerte, me veo obligado a caminar rumbo a la plaza Simón Bolívar. Y cuando el agua se arrastra en dirección al mar, cuando todo es frío y asombrosa humedad, me detengo a mirar el carrusel que hay en una de sus esquinas. Allí, antes de que los protejan con una lona, el tanque, el carro de bomberos, los caballitos o ese pequeño automóvil deportivo imitación del que usaban Starsky y Hutch en aquella vieja serie de los setenta, inevitablemente me transportan hacia el final de ¨El cazador oculto¨; a esos párrafos de la novela donde Holden Caufield, el protagonista, sentado en una banca mientras la lluvia comienza a caer sobre su gorra roja, observa imperturbable como su hermana Phoebe juega en un hermoso tiovivo del Central Park.
En otras ocasiones, al pasar por la calle Edwards, la enorme estampa del árbol más grande de la plaza me detiene y al ver sus ramas como piernas de tiranosaurio pronto vuelvo a mi infancia y creo estar en presencia de un Baobab; ese árbol de tamaño fabuloso que como lo indicaba el Principito podía colapsar a un pequeño planeta con sus enormes raíces.
A veces, también, cuando veo a un perro tumbado en el pasto de la plaza, nuevamente despierta esa idea que tuve hace varios años y que nunca he terminado de escribir. La historia trata acerca de un par de adolescentes que al finalizar la noche salen de una fiesta. El puerto los recibe con un tufo frío y de inmediato el olor a basura putrefacta se impregna en sus narices y ropas. Comienzan a caminar rumbo a sus casas y el silencio sólo es perturbado por sus pasos sobre el pavimento. Avanzan una docena de cuadras y nadie se cruza en el camino. Valparaíso está a oscuras. Hasta que surgen las jaurías de perros. Son cientos y tienen hambre. El primero en acercarse es un perro pequeño, de esos que tienen el pelaje sarnoso y afilados dientes. De pronto, a lo lejos, se ven luces: son los juegos de la plaza Simón Bolívar que sin señales de vida humana funcionan como si fuera un domingo a media tarde. Tal vez podrían refugiarse en alguno de los juegos que están en altura. Tal vez podrían correr sin ser alcanzados por la jauría. Y siempre dejo la historia hasta este punto. Como si los muchachos, que de vivir ya habrían envejecido, no quisieran desafiar a la suerte. Como si los perros con la calma de mil tortugas pudieran esperarlos.
Así, la plaza Simón Bolívar puede ser perfectamente un libro abierto, una máquina del tiempo, el escenario ideal para una película o un cuento. Y si las plazas son los suspiros de las ciudades o aquellos sitios donde por un momento se detiene el afanoso ritmo de la urbe, la plaza Simón Bolívar sería un suspiro que no se resigna a pasar desapercibido y que por ahora se resiste al eterno papel secundario que obtiene por el hecho de encontrase a pocos metros de la conocida plaza Victoria. Sólo aguarda con paciencia, mientras los niños se columpian o los escolares fuman sus cigarros, a que una novela, una película, un fotógrafo o una canción de moda le otorguen el sitial que se merece.
Agosto 2008
La calle Uruguay: El club de la pelea más grande de Valparaíso.
Por Diego Vargas Gaete
Una vez escuché a un experto en el rubro decir lo siguiente: ¨Las peleas comienzan por motivos insignificantes y si no se finalizan en poco tiempo una cosa pequeña se puede transformar en algo de dimensiones impensadas.¨ Así, para que se cumpla dicha premisa, deben existir al menos dos personas dispuestas a empuñar las manos con el propósito de resolver sus diferencias y, además, un escenario propicio para llevar a cabo tal reyerta. Uno de esos lugares es la calle Uruguay. Algo ocurre en esta calle, que cruza como una navaja el plan del puerto desde mar a cerro, porque en ella me he topado con peleas que son como esas películas que uno comienza a ver desde la mitad: no se sabe cuál fue el comienzo ni los motivos que mueven a sus protagonistas, pero resulta imposible no detenerse a observarlas. Por ello, si hurgo en mi memoria, encuentro riñas colosales e inverosímiles como la de una resuelta vendedora de pescado que con su afilada cuchilla en segundos pudo ahuyentar a dos muchachos que intentaban robarle (los que luego fueron apaleados por una turba que salió en defensa de la mujer). O peleas ridículas, como aquella en la que dos fotógrafos, disputándose el honor de fotografiar a una colegiala que salía de su ceremonia de egreso en el Teatro Municipal, terminaron golpeándose el rostro con los nudillos y espantando así a la potencial cliente. O peleas donde Valparaíso se manifiesta descarnadamente, como la que observé de manera entrecortada arriba de un microbús que esperaba la luz verde, y en la cual un grupo de niños usaban una perfecta guardia de boxeo para atacar y defenderse. O pendencias en las cuales se vislumbra un motivo pasional, como la de las dos muchachas que jalándose el pelo poco a poco terminaron de rodillas en el pavimento y, entretanto, el galán en disputa(o quizás sólo el varón que las acompañaba) permanecía impávido.

Peleas, en definitiva, que ocurren mientras los peatones ingresan o salen desde fuentes de soda, farmacias, residenciales, panaderías, bancos, carnicerías, el teatro o el mercado; mientras los vendedores ambulantes pregonan las cualidades de sus productos; mientras gente pacífica circula por la calle a media tarde o al precipitarse la noche; porque la calle Uruguay es una de las principales arterias de circulación del puerto y en ella conviven las pulsaciones aceleradas y la furia que se descarga a la menor provocación, junto con la pobreza que baja desde los cerros y el quehacer cotidiano de los habitantes del puerto. La calle Uruguay, de esta manera, es fiel reflejo de un Valparaíso que se niega a esconder su identidad bajo la alfombra y que a través de las manos empuñadas se apodera de esas letras que canta Daddy Yankee y que dicen: ¨La calle representa los amigos, representa a los enemigos. La calle es mi inspiración, es mi esencia. La calle te destruye o la calle te hace. No importa quien eres o a donde vayas…todo termina en la calle¨
Julio 2008
La ciudad también baila
Por Diego Vargas Gaete
De pronto la calle cobra vida y deja de ser un mero lugar de tránsito. Un grupo de bailarines lentamente se apodera de una plaza, una banca o de las escaleras del puerto. Para los artistas (que de la mano de la bailarina uruguaya Florencia Martinelli han sido convocados por "escenalborde" para celebrar los 36 años de la creación del "Contac") la ciudad baila a través del roce, del contacto directo que obtienen con los cuerpos de sus compañeros y los múltiples objetos que forman parte de nuestro ideario urbano. Para los espectadores, un espectáculo extraño e impensado avanza por los cerros de Valparaíso haciendo de las contorsiones y de esa inmediatez corporal que tanto nos sorprende el principal motor para seguir danzando.

En el "Contac" no hay límites y ningún movimiento está premeditado. El cuerpo de un compañero puede ser una plataforma, un puente, el complemento de una figura que sólo se logra al chocar espaldas, manos y piernas; al dejarse llevar por lo que ese instante de energía compartida logre crear durante algunos segundos. El bailarín, también, busca acortar distancias con lo que lo rodea y así sin pudor abraza un poste, salta sobre un viejo automóvil o rueda cuesta abajo por el duro pavimento. Todo esto al son de nuestra habitual música callejera: bocinazos, una puerta que se abre, los ladridos de un perro curioso o el murmullo de los peatones que desplazándose en su cotidianeidad observan asombrados esta intervención urbana. Esto porque el " Contac", sin duda, rompe nuestra natural esfera de seguridad: aquella zona que nos separa de los otros (personas y objetos) y que al ser vulnerada por un extraño nos confunde y provoca inmediata desconfianza. Es el espacio que se invade. Es el espacio que de golpe responde y que envuelve a cada uno de los participantes de la danza. Así, una expresión artística que juega con el acercamiento, que elimina las distancias y hace del contacto directo su principal arma, puede ser el comienzo de una discusión más larga, de un cuestionamiento que nos lleve a pensar en nuestro natural deseo de medir y limitarlo todo (en cuadras, centímetros, en sectores privados, en áreas de ingreso restringido, en lugares donde no está permitido circular) y a descubrir que a veces la ciudad puede adquirir vida propia y con ello, tal vez, busca recobrar aquella libertad de la cual poco a poco la hemos despojado.

Junio 2008
Un nuevo estilo de adivinanza
Por Diego Vargas Gaete
Y resulta que uno va caminando tranquilo por la calle Independencia, pensando en quién ganará la guerra de las teleseries (u otras cosas igual de importantes), cuando de sopetón, pegado a una vitrina, se encuentra con un desafío al ingenio como éste:
Y uno que sabe que echar a volar la imaginación no es vicio y además es gratis, de inmediato piensa que un Rectista es un empleado recto o intachable, pero al cabo de un segundo también se da cuenta de que puede ser alguien experto en aquella parte del intestino que tanto recordamos al ir al baño después de una comilona o, quizás, el señor Rectista es un empleado bueno para los puñetes, un forzudo que pueda lanzarle un recto al mentón al primer pelafustán que entre con malas intenciones al negocio. En fin, así pasan los minutos y uno se olvida que se encuentra en medio de la ciudad o que el sol es una tibia mano acariciando el rostro, porque en lo único en que piensa es en resolver este nuevo estilo de adivinanza.
Marzo 2008
La Feria de las pulgas de la avenida Argentina
por Diego Vargas Gaete
La feria de las pulgas de la avenida Argentina es una extraña puerta que se abre cabalmente sólo los domingos. Aquí es posible comprar televisores usados a un pordiosero de rostro tiznado que afirma tener la cura para el cáncer y que dice que puede predecir la muerte sólo con mirar el iris de los ojos. El cómo consigue los viejos artefactos y desde cuándo decidió ser un mendigo emprendedor constituye todo un misterio. A una cuadra de distancia, un hombre aprovecha su día libre para vender antigüedades que encuentra en bodegas o entretechos y que recibe en parte de pago por sus servicios de maestro "chasquilla" en algunas de las incontables y añosas construcciones de Valparaíso. Más allá, sentada sobre una caja de madera, una mujer recomienda novelas policiales de acuerdo a la ilustración que figura en la portada y fija el precio del libro conforme a su grosor.
Circulan, a su vez, por los pasillos de la feria, un sinnúmero de oleccionistas, profesionales del cachureo y ávidos anticuarios que se pelean codo a codo el honor de adquirir el dominio de objetos de aparente inutilidad. Así, en la feria de las pulgas se transan por dinero tornillos, juguetes, canarios, herramientas, libros, pelotas, ropa usada e infinitas cosas que descansan en el suelo a la espera de un comprador. Todo esto se realiza en no más de nueve horas y una sola vez a la semana. De allí la premura en la venta y la explicación de tanto precio bajo. Sin embargo, tal vez por cuestión de azar o magia porteña, hay objetos que eligen a su futuro dueño entre aquellos que visitan la feria por primera vez. Cuando ello ocurre, al ser recogidos del suelo, producen el fabuloso efecto de transportar al comprador a la infancia o a otras épocas. Entonces, de súbito, la puerta se cierra y el nuevo visitante regresará a casa contando las horas que faltan para el siguiente domingo.
Marzo 2008